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Desde que Casio me incitara a ir
contra César no he podido dormir.
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Entre una ejecución
y su primer impulso
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el intervalo que transcurre
es como un horrible sue?o.
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El espíritu y el cuerpo
celebran un consejo
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y el estado del hombre,
semejante a un reino,
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sufre una insurrección.
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Buenos días, Bruto.
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¿Te importunamos?
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He estado despierto toda la noche.
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- ¿Conozco a tus acompañantes?
- Sí, a todos.
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Y todos te honran.
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Ojalá te valoraras tanto a ti mismo
como lo hacen los nobles romanos.
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- Trebonio.
- Bienvenido.
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- Decio Bruto.
- Bienvenido.
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- Casca, Cinna y Metelo Cimbrio.
- Bienvenidos.
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¿Qué afanes se interponen
entre vuestros ojos y la noche?
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¿Me permites un momento?
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Allí está el Oriente,
¿no despunta por ahí el día?
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- No.
- Perdón, señor, pero así es.
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Aquellas franjas de nubes
son mensajeros del día.
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Confesad que estáis equivocados.
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Donde apunto con mi daga
se alza el sol liberador.
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- Dadme vuestras manos.
- Juremos cumplir nuestro acuerdo.
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¡Juramentos, no!
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Si nuestras miradas y la aflicción
de nuestras almas no son suficiente,
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separémonos,
y que cada uno vuelva a su lecho.
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¿Dejaremos reinar a la tiranía
hasta sucumbir?
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¿Qué más nos puede estimular
que nuestra causa por la justicia?
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¿Qué más juramentos hacen falta
entre romanos que la palabra dada?