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- Vuelves a ser espartano.
- Leónidas me ha devuelto al ejército.
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- Seguro que has hecho algo magnífico.
- Lo que hubiera hecho cualquier espartano.
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- ¿Qué tal estás?
- Se me ha quitado la fiebre.
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La vieja Toris me hizo
un caldo de hierbas. Qué buena es.
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Ahora puedo mirarte a la cara.
Ya no me avergüenzo.
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Yo nunca me he avergonzado de ti.
Siempre he sabido que eras un buen soldado.
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- Pero...
- ¿Qué?
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He estado observando a Samos y a Toris.
Son una gente muy buena y muy sencilla.
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No les preocupa ni el honor ni la gloria.
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Pero Toris duerme
junto a su marido todas las noches.
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Viven para salir adelante.
No hacen daño a nadie.
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¿Acaso es un crimen querer vivir en paz?
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No. Pero no deberías decir esas cosas.
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- Tú misma me trajiste el escudo.
- Lo sé.
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Sé que para los espartanos la vida
es una especie de preparación para la muerte.
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Pero ¿por qué nuestro amor ha de verse
pisoteado entre el barro y la sangre?
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Tenemos que estar preparados para morir
por la patria. Pero puede que no muramos.
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- Quiero vivir y volver contigo victorioso.
- ¿Has visto al enemigo?
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Y vosotros sólo sois 300.
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También hay soldados de otras ciudades.
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Todos esperan
que los espartanos mueran primero.
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- ¿Por qué no ha llegado el resto del ejército?
- Llegará.
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- ¿Cuándo?
- No lo sé, pero llegará.
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Nuestro pueblo no nos abandonará.